¿Quién lo hubiera pensado? Habasit reparte dinero en efectivo

Un breve clic, cuatro pitidos y un traqueteo. Los sonidos emitidos por un cajero automático (ATM, por sus siglas en inglés) no son nada inusuales, en cambio el proceso que se esconde detrás de esos sonidos sí lo es.

Muchos de nosotros ya ni siquiera los percibimos. Los pasos para retirar dinero en efectivo de un cajero están completamente automatizados. En el interior del cajero automático, las pequeñas cintas de máquina Habasit garantizan que el dinero en efectivo llegue a su preciso destino.

La historia de éxito comenzó en Nueva York en el año 1939. Pero, como es bien conocido, los primeros pasos siempre son los más difíciles. Inicialmente, las personas desconfiaban de las nuevas máquinas. Y así, después de sólo seis meses, el primer cajero automático se retiró. Unos 40 años más tarde, el umbral de inhibición se ha superado. Y en la mayoría de los países los clientes se han acostumbrado a estas máquinas. Los sonidos emitidos por las máquinas se han integrado inconscientemente en la vida cotidiana y ya no suponen una perspectiva tan desalentadora. Desde entonces, los cajeros automáticos reparten billetes a lo largo de todo el día.

Un breve clic
Todos estamos familiarizados con esa pequeña ranura que lleva la inscripción “tarjeta” y que en ocasiones está rodeada por un marco de color verde que garantiza su buena visibilidad. Una vez que la tarjeta se ha insertado completamente escuchamos un breve clic. Esa es la señal de que el cajero automático está comenzando su proceso. La primera tarjeta, tal y como la conocemos hoy en día, fue desarrollada hace más de 50 años por un británico llamado James Goodfellow. El principio es muy sencillo. Los datos del cliente se almacenan en un chip o en una banda magnética y se encriptan mediante un número de identificación personal. Un lector de tarjetas transfiere los datos desde el chip hasta un ordenador. Este concepto facilitó la entrada de los cajeros automáticos en la vida cotidiana. A partir de ese momento, lo único que se necesitaba para retirar dinero en efectivo era la tarjeta.

Cuatro pitidos
El proceso de retirada de efectivo continúa a través del ordenador central del banco. Los datos se transmiten desde la tarjeta y se le pide al cliente que introduzca una combinación de cuatro dígitos – un pitido por cada dígito. El ordenador procesa los datos en segundo plano, pasando completamente desapercibido para el cliente.

Al principio, los primeros cajeros automáticos sólo se encontraban en las sucursales bancarias, pero eso pronto iba a cambiar. El proverbial “agujero en la pared” es literalmente un agujero en la pared ocupado por un cajero automático. Esta ingeniosa ubicación significa que el cajero también es accesible desde el exterior. Los cajeros automáticos continúan con su éxito triunfal desde el exterior de las sucursales bancarias. En centros comerciales, estaciones de servicio, aeropuertos y estaciones de tren emergen como el último recurso para acceder al dinero en efectivo.

Un traqueteo
El momento que todo el mundo espera es el traqueteo. El sonido del dinero saliendo del cajero automático. La tarjeta es devuelta a su propietario. Y ahora comienza un llamativo traqueteo, lo que significa que las cintas o correas redondas de la máquina están en servicio. Si los billetes no pudieran ser transportados de manera fiable, el cajero automático no cumpliría con su función. Desde el punto de vista del cliente, esta es la función más importante de todo el proceso: Las bandas de Habasit mueven los billetes desde una caja fuerte directamente a las manos del titular de la cuenta. Gracias a la óptima estructura de su superficie, garantizan que los billetes no se atasquen, se peguen entre sí o resulten dañados.

Tres sonidos, que escuchamos de forma completamente inconsciente, corroboran la historia de éxito de los cajeros automáticos. Un breve clic, cuatro pitidos, un traqueteo y nuestras bandas tiran de los hilos en segundo plano. (CW)

Sonja StrimitzerMarketing

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